Despertarme y oler a él, oler sus sábanas mientras el sol se cuela entre la persiana llenando la habitación de destellos brillantes. Lo pienso y al instante aparece una sonrisa en mi boca, recuerdo cada segundo de una noche inolvidable, que estoy allí en su cama, recién levantada. Al instante me llega un olor a tostadas recién echas y recuerdo, al fin, el ambre que tengo. En la esquina está la silla en la que deja su ropa y veo la camisa blanca que llevaba puesta anoche, la cojo y me la pongo. Y así voy a la cocina, practicamente desnuda excepto por su camisa blanca que consigue hacer de vestido con mi cuerpo. Le veo allí parado, esperandome con una sonrisa.
-Buenos días princesa, te he echo el desayuno.
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