lunes, 7 de mayo de 2012

Anana♥

Del 'te echo de menos' al agua, y del agua al cielo. Al 'no me preguntes dónde estoy' y a los temblores de rodillas. De la euforia al fuego, a las estrellas, a la cazuela que hierve. De la canción al contacto, al vello erizándose, a la encimera de la cocina. Del pijama al cuerpo, del cuerpo a la ducha, de la ducha a la toalla, de la toalla al cuerpo, del cuerpo al aullido. De lobo a gato, de gato a tigre, de tigre a chica. De la chica a la niña por acurrucarse en tu pecho. De tu pecho a tu boca, de tu boca la mía, de mi mano a tu nuca. De mis ojos a los tuyos, y así hasta que los relojes, simplemente, dejan de girar. Del día a la noche, de la noche a las luces de colores, de las luces a tu ombligo. De tú a mí, y de mí a ti. A tú de comida, tú de merienda, tú para cenar, tú para desayunar. Y cómo el hambre provoca más hambre. Y cómo más tú provoca más yo. Y cómo de tú y yo pasa a ser nosotros. Y es de nosotros de donde saldrán los cosquilleos, las listas de reproducción demasiado cortas, los susurros, los secretos, las mentiras, verdades, gemidos, anécdotas u obviedades. Las noches que hace viento hasta hartar. Las noches que hace lluvia hasta calar. Que cuanto más cerca esté la apocalipsis, más cósmicos serán nuestros polvos.

Cientos, miles de mariposas revolotean sin cesar en mi estómago desde que me senté en tu sofá. El revoloteo se acentúa cuando comienzas a acariciarme con la yema de los dedos, haciéndome cosquillas por las mejillas, los párpados, el cuello… Ahora, lentamente, muy lentamente, tu mano se desliza hasta el final de mi camiseta, la coges, y tiras de ella hacia arriba. Yo me dejo hacer. Beso a beso, te quiero tras te quiero, nuestro termómetro sube hasta el máximo. Dejándome llevar, dejo tu torso desnudo y lo observo fascinada y excitada a partes iguales. A continuación, me acercas a ti tirando de mi cinturón, el cual cede ante tu deseo de zafarme de él. Me entra el pánico, la vergüenza se apodera de mí; tú lo notas. Entonces, relajas, reduces la marcha, sostienes mi cara entre tus manos; me miras a los ojos y, sumergiéndote en ellos, me dices: “Eres preciosa”.
No necesité nada más para saber que ese era el día adecuado, en el sitio adecuado, con el chico adecuado para dejarme llevar.